domingo, 13 de noviembre de 2016

Sentido y sinsentido de la historia

         En Mayo del 2015, en el Nº 65 de la revista de filosofía Daimon, se publicó una reseña que había escrito sobre Esbozos teóricos, de Reinhart Koselleck.  Esta es mi primera publicación y me llena de ilusión compartirla.

Dejo aquí los enlaces para acceder a la publicación, así como un fragmento de la misma:


 
 
 


      "Decía Antoine Roquentin, el personaje principal de La náusea, de Jean Paul Sartre, que los sucesos que acontecen en nuestra vida personal adquieren el estatus de aventura una vez transcurridos pero, ante todo, una vez narrados. Lo más trivial se transforma en aventura al ser contado (Sartre, 1983, Seix Barral. p. 53). Dicho de otro modo, lo que sucede es que una vez han ocurrido los hechos ficcionamos nuestro pasado y lo dotamos de un sentido. Remitiéndonos al caso de Koselleck, se podría afirmar que la misma idea inicial es la que arranca el corpus de Esbozos teóricos. La historia, entendida desde la perspectiva moderna, es un concepto cuya institución de significado como explicativa del pasado entra en crisis tras las dos grandes guerras, pues a partir de ahí se entenderá que la historia no posee una lógica interna progresista que guía los acontecimientos, sino que todo lo versado sobre ella es un constructo. Visto de esta manera, es pertinente el que se eleven dudas sobre el sentido o el sinsentido de la misma ya que, además, y teniendo presente que dentro de la moderna concepción de historia [Geschichte] está contenida la de Historia [Historie] como ciencia, el cuestionamiento sobre la razón y la utilidad de ésta como concepto es la puesta en tela de juicio, a su vez, de la Historia como disciplina; esto es, de sus delimitaciones y competencias así como de la legitimidad de su método.

       A grandes rasgos, es esta inquietud acerca del sentido y la utilidad de la historia la que unifica y pone en común los seis capítulos de Esbozos teóricos y aquella a la que Koselleck tratará de hacer frente. Así, lo que encontramos en este libro, que compone la primera de las tres partes de Vom Sinn und Unsinn der Geschichte (una obra en la que se recopilan varios trabajos del autor escritos y publicados de forma dispersa a lo largo de casi cuarenta años), no es una disertación sobre hechos y acontecimientos sino una reflexión histórico-filosófica sobre la historia y evolución del concepto de historia, sobre sus consecuencias en el pensamiento y sobre la mirada actual hacia su fundamento. Advertimos, pues, que no puede entenderse la figura de Koselleck de una forma reduccionista como evidencia José Luis Villacañas en la introducción de esta edición. Koselleck es un autor cuya producción crítica y científica en torno a la historia de los conceptos (entre cuyos títulos más importantes figuran la que fue su tesis doctoral Crítica y crisis. Un estudio sobre la patogénesis del mundo burgués pero también otros textos como Historias de conceptos. Estudios sobre semántica y pragmática del lenguaje político y social o historia/Historia), imposibilita que sus estudios sean catalogados meramente de históricos y, por supuesto, impide que lo consideremos simplemente como historiador tal y como en lengua española se concibe ese vocablo. La producción de Koselleck es filosófica e histórica al mismo tiempo (pp. 9-10); es una investigación completamente interdisciplinar que, como también coincide en señalar Antonio Gómez Ramos en la introducción de historia/Historia, es “un género en sí misma” (2004, Minima Trotta, p.9), lo cual es algo que se hará manifiesto a lo largo de la lectura de los capítulos del libro."

miércoles, 2 de noviembre de 2016

Waterworld



BALLARD. J. G. (2006). El mundo sumergido. Barcelona: Planeta DeAgostini



Si bien la ciencia ficción es uno de mis géneros cinematográficos favoritos, son contadas las ocasiones en las que le he dedicado atención a literatura del mismo género, y no por prejuicios, escepticismo o desprecio; simplemente, las circunstancias han hecho que pocas veces nos hayamos cruzado en el camino, algo que estoy recientemente tratando de suplir y que me está aportando grandes satisfacciones. La última de ellas ha sido El mundo sumergido de Ballard. 

Hace algunos años ya había leído del mismo autor una obra que sería el equivalente literario y de ciencia ficción de una estrambótica película de David Lynch: La exhibición de atrocidades. Aquel relato era una pieza enigmática, surrealista y de tiempos ambiguos, en los que uno no discernía si estaba en un escenario ante o post-apocalíptico, ya fuera real o mental; y en el que los personajes eran varios y uno al mismo tiempo, dando la impresión de que mutaban en cada capítulo sin que a la vez cambiaran en absoluto. 

Por lo general, mi relación con este tipo de productos suele ser de amor-odio: o me apasionan o me resultan tremendamente insufribles. En el caso de La exhibición de atrocidades, y muy al contrario de lo que me ha sucedido con varias de las películas de David Lynch, aquella lectura desembocó en un profundo enamoramiento que despertó aún más mi interés por este escritor del que hacía mucho que quería leer algo.

No obstante, en El mundo sumergido Ballard cambia de tercio y elabora un texto que no guarda la más mínima relación de parentesco con la clase de obras comentadas; sino que se trata de una historia narrativamente al uso, con su planteamiento, su nudo y su desenlace. Si bien en ella también existen componentes surrealistas, éstos quedan relegados a la vida interior de los protagonistas. Ballard acota a los personajes estableciendo una perfecta separación entre ellos y el lector. Dicho de otro modo, la confusión entre el entorno que habitan los protagonistas y la atmósfera interna que les habita a ellos sólo se tambalea ante los ojos de estos y no ante los del lector, como sí ocurre en La exhibición de atrocidades.

El mundo sumergido nos traslada a un futuro no muy lejano en el que la temperatura del planeta se ha incrementado significativamente y los polos se han derretido anegando el globo de mares, ríos y lagunas. Del viejo mundo tan sólo se conservan parte de las estructuras arquitectónicas más altas, las cuales asoman la cabeza como náufragos a punto de rendirse. Los supervivientes han emigrado hacia el norte, el único punto del planeta con unas condiciones soportables para la vida humana; y sólo unos pocos se aventuran, hasta donde pueden, hacia el sur; ya sea para investigar o para saquear lo que queda.

La historia se centra en Kerans, un biólogo que junto a otros compañeros de profesión, llevan meses anclados en una de las lagunas retiradas del norte. Trabajan en un laboratorio flotante, unido y protegido por una nave militar ocupada por un regimiento con el que cooperan.

Kerans y una muchacha que va con ellos, Beatrice, han residido durante todo ese tiempo en las últimas plantas de los lujosos edificios que sobresalen del agua de la zona y poco a poco se han visto asediados por sentimientos de permanencia y letargo; como si sus espíritus enraizaran inducidos por el lugar a un abandono e inmovilidad semejantes a las de las iguanas gigantes que ahora se han adueñado de las junglas, y que yacen todo el día apostadas como esfinges de piedra sobre las ruinas agredidas por un sol que se ha vuelto feroz.

Debido a ese motivo, reciben con contrariedad y decepción la noticia, por parte de Riggs (el superior al mando de ese campamento acuático), de que partirán en breve hacia el norte ya que desde el sur se avecinan tormentas y subidas de temperaturas que harán de esa latitud un lugar impracticable para el desarrollo y la vida de los seres humanos. Sin embargo, Kerans y Beatrice no cederán y, pese a los peligros, irán abasteciéndose en secreto con la ayuda de Bodkin, otro biólogo que a diferencia de Kerans, conoció en su juventud cómo era el planeta antes de la conquista de las aguas.

Saben que a ojos de todo el equipo tal decisión es una locura, pero consideran que la resolución de quedarse allí es la consecuencia lógica a la que los invita un mundo que ha involucionado a las condiciones de la Tierra primitiva. Kerans, como Beatrice y otros compañeros, han sido víctimas en las últimas semanas de pesadillas similares: sueños que centrifugan memorias arcaicas y que han provocado que quienes empezaron a sufrirlos se hayan paulatinamente encerrado en sí mismos:

“La creciente tendencia al aislamiento y a encerrarse en ellos mismos que se manifestaba en todos los hombres del grupo, y a la que sólo el alegre Riggs parecía inmune, le recordaba a Kerans el metabolismo disminuido y la regresión biológica de todas las formas animales cuando va operarse en ellas una metamorfosis fundamental. Se preguntaba en qué zona de tránsito estaba entrando él mismo, y pensaba que su propia regresión no era síntoma de una esquizofrenia latente, sino una cuidadosa preparación para un ambiente radicalmente nuevo, con una lógica y un mundo interior propios, donde las antiguas categorías mentales serían verdaderos impedimentos.” (p. 16)
Como se aprecia en este párrafo, la novela está plagada de reflexiones en las que psicoanálisis, filosofía y biología se comunican bajo alusiones a teorías de evolución regresiva, miedos atávicos y vapores oníricos que son recuerdos sedimentados de hace millones de años. Ballard ha cimentado en esta maravillosa historia un universo que no es sino la transposición de la arquitectura psíquica de los personajes. Lo que del viejo mundo aún logra insinuarse sobre las aguas, es un esqueleto neuronal ahogado en el lodo de un macro-inconsciente líquido. Un inconsciente que tira en silencio de las voluntades, dirigiéndolas hacia la última vértebra de lo más escondido y repudiado de nuestro origen.

El mundo sumergido no es desde luego una obra para todos los gustos ya que posee poca acción y dinámica narrativa. Algo que para mí ni es un demérito ni deja de serlo, pero que para muchos lectores lo es y, por tanto, puede parecerles que las páginas carecen de ritmo. Sin embargo, si así es, si en verdad se da ausencia de ritmo, en mi opinión ésta es sin duda buscada por el autor para equilibrarla y hacerla paralela a la indolencia mental de los protagonistas.

Bajo mi punto de vista, el libro tan sólo presenta una serie de asperezas; y son unos decepcionantes capítulos finales en los que se produce un giro de los acontecimientos forzado y más tarde una conclusión que queda torpemente abierta. No tengo nada en contra de los finales abiertos, de hecho es un recurso que me gusta mucho, pero cuando está bien articulado; esto es, cuando suscita preguntas legítimas que contribuyen a indagar y a ampliar en la imaginación del lector el universo ofrecido por el autor. En cambio, el final de esta novela es a mi juicio perezoso. Ballard ofrece una trama que le dejaba a uno el cerebro tiritando de curiosidad y suspense para después despachar de un manotazo sin gracia muchos de los misterios planteados al inicio.

En suma, y a excepción de estos desafortunados capítulos, puedo afirmar que se trata de un clásico de ciencia-ficción más que recomendable, tanto por la brillantez de su estilismo narrativo como por su contenido sugerente y reflexivo.